viernes, 25 de octubre de 2013

El Hada Helada – Capítulo VI









Dralina era un hada joven, muy joven, apenas tenía trescientos años y eso, para un hada, son muy pocos años. Su cometido en el otoño era humilde pero tan importante y necesario como el de las hadas de rango más elevado. La pequeña Dralina pertenecía al grupo de las pequeñas hadas que se encargaban de las hojas: las ayudaban a separarse de los árboles, las hacían volar, las esparcían por campos, calles, parques, las hacían danzar y correr unas tras otras en divertidos e inacabables círculos… Dralina se encontraba entre las más trabajadoras y divertidas de estas hadas. Disfrutaba muchísimo jugando con las hojas y de ayudar a la Bruja a extender el otoño por su reino y por el mundo.
No era especialmente valiente, tampoco destacaba por ser la más inteligente y, sin embargo, ya véis, fue ella la que única que, en aquellos terribles momentos, fue capaz de idear un plan -bueno o malo ya se verá- y fue ella la que se presentó -temblando- ante la Reina para contárselo. Su plan era simple, muy simple, tan simple que nadie creyó que pudiera funcionar pero, cuando la esperanza comienza a perderse, cuando la idea de la rendición comienza a rondar por las mentes, es mejor tener un plan simple o absurdo y aferrarse a él, que no tener ninguno. Por eso la Hechicera del Otoño aceptó el plan que la pequeña Dralina le propuso. El plan, el simple, simple plan, consistía en ir a los campos del Hechicero del Verano y robar unas Espigas del Sol. Estas espigas son las que usa el Verano para llevar el calor de un lugar a otro, en ellas está almacenada toda la luz y el calor de los largos y ardientes veranos, con un puñadito de ellas se podía descongelar el Polo Norte… y el Mago del Invierno les tenía un miedo atroz y lógico. Si Dralina lograba hacerse con unas pocas de estas Espigas y llevarlas hasta el reino del Invierno podría amenazar al gran Mago y conseguir -tal vez- que dejara al Bosque, a sus habitantes y al resto del mundo, en paz. Ya he dicho que no era un gran plan, todo el mundo dudaba mucho de que funcionara pero al menos, pensó la Bruja, mantendría la esperanza y era mejor que sentarse a esperar la derrota. Así que se dispuso que la pequeña Dralina partiría inmediatamente a cumplir con su misión. Ya sé que lo habitual en las historias que a los héroes se les concedan poderes o armas poderosas y mágicas o cualquier cosa que les resultará de ayuda en el futuro pero mucho me temo que en esta historia no hay nada de eso. Dralina partió sola, la Reina no le dio ningún poder especial ni ninguna piedra mágica; no hubo palabras secretas ni armas extraordinarias, no señor, nada de eso. La pequeña hada sólo contaría con ella misma… y nada más. A la mañana siguiente de ser aceptado el plan, al amanecer, Dralina se puso en marcha rumbo a los sembrados del Hechicero del Verano. Voló durante varios días y varias noches hasta llegar a los confines del gran Bosque, a la frontera donde el frescor del otoño comenzaba a ser sustituido por el tórrido verano. Antes de pasar al reino vecino, se desprendió de su abrigada capa otoñal y de sus cálidas botitas, se aprovisionó bien de agua y se puso un enorme sombrero para protegerse del sol que le esperaba al otro lado del muro que separaba ambos reinos. Así preparada, Dralina volvió a alzar el vuelo. En cuanto llegó al otro lado chocó con una muralla pero no de piedra, sino de calor. Un calor intenso y denso que la golpeó con tanta fuerza que casi la hace caer. En su joven vida había sentido algo parecido. El calor parecía querer aplastarla contra el suelo, el sol abrasaba su pálida piel. Mover las alas le suponía el triple esfuerzo que en el Bosque y no podía dejar de beber y beber y beber. ¿Cómo podía nadie vivir bajo un calor tan intenso? ¡Pobre Dralina! Acostumbrada a las suaves y frescas temperaturas otoñales, el poderoso calor veraniego era una tortura. Pero el hada no se rendía así como así y continuó adelante con decisión. Le llevó otra semana llegar hasta el trigal en el que el Hechicero sembraba y cuidaba sus Espigas del Sol. Llegó agotada, con la piel enrojecida por el sol, casi sin agua pero con el ánimo, a pesar de todo, bien alto. Había pensado que robar las Espigas iba a resultarle muy complicado pues suponía que los campos estarían fuertemente custodiados y que el Hechicero estaría muy pendiente de ellos pero, asombrosa y afortunadamente, los sembrados estaban sin custodia. Nadie los guardaba, nadie los protegía, nadie se preocupaba de ellos. Su dueño se hallaba, al parecer, inmerso en una continua fiesta junto al lago cercano, comiendo, tomando bebidas refrescantes, bailando, cantando, totalmente despreocupado de lo que pudiera ocurrir con sus Espigas o el resto de su reino. Así que para el hada fue coser y cantar recoger un enorme puñado de ellas sin que nadie se percatara de su presencia, guardarlas y partir sin más demora… …En esta ocasión rumbo al helado reino del Mago del Invierno.

Continuará…






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